Sentada en el escritorio de su cuarto miraba fijamente su lápiz sin punta, pensando cuanto hacia que no escribía nada profundo, lleno de sentimiento. No sabía por que se había ido su musa.
Como tampoco se acordaba porque había permitido que pasara lo de la noche anterior, en que momento y bajo que circunstancias se permitió esas libertades.
¡Su propia casa! Íntimamente sentía que la monotonía y el tedio la habían llevado a eso.
Sobre su cama vacía se podían apreciar las marcas que habían dejado los dos, y a su memoria volvió lo vivido hacía unas horas. Aquel silencio en el cuarto era cómplice de lo sucedido. Se miró en el espejo, todavía estaba sonrojada, y aunque más tranquila el corazón le palpitaba acelerado.
Corriendo detrás de los recuerdos, su mente lentamente empezó a rememorar lo sucedido.
Aquella noche hace unos meses atrás estaba aburrida, como de costumbre, todos dormían, y ella convivía con la soledad que sentía. Esa que se siente entre la multitud.
Casi sin querer, por curiosidad empezó a chatear, de pronto recibió un mensaje privado y sin saber bien porque, lo respondió. Así fue como comenzó todo, cuando quiso acordar estaba todos los días ansiosa esperando el contacto. ¿Sería que por esos días se sentía como un perro vagabundo esperando atención? Una caricia, un gesto de ternura, que le preguntaran como estaba. Aun no lograba descifrarlo.
En los años que llevaba de casada nunca había dicho mentiras, pero poco a poco empezó a mentir. Mas que a mentir a inventar excusas, para poder escaparse a verse con él.
Todavía recordaba la primera noche que pasaron juntos. Se había propuesto no quedarse a dormir, pero después de hacer el amor con pasión y locura, había caído en un sueño intranquilo pero placentero. La despertó el olor a desayuno recién preparado, ese olorcito a café mezclado con el aroma a tostadas la trajo a la realidad. Se vistió rápidamente, se arreglo descuidadamente, se alisó la ropa con un gesto nervioso y salió. Se fue con culpa. La conciencia y el corazón peleándose entre sí. Aun hoy se sonrojaba al acordarse con la desfachatez que había mentido al volver a casa.
Estuvieron meses sin verse, pero anoche, aprovechando que su marido no estaba, volvió a dejarse tentar.
Lentamente con una sonrisa de satisfacción en el rostro, empezó a sacarle punta al lápiz.
La pasión, lo prohibido y la culpa trajeron de vuelta la inspiración para escribir.